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Publicado por el en Opiniones


Por Dr. Diego Dieguez.

Especialista en Derecho Penal.

Lo que sigue es una breve lección de Derecho.
A manera de disparador cito textualmente una de esas maravillosas “síntesis” de Eduardo Galeano: “Fue la señal, como la traición contada en los evangelios: - A la que yo dé un beso, ésa es.

Y a fines de 1977, en Buenos Aires, el Ángel Rubio besó, una tras otra, a Esther Balestrino, María Ponce y Azucena Villaflor, fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, y a las monjas Alice Domon y Léonie Duquet. Y se las tragó la tierra. El ministro del Interior de la dictadura militar negó que las madres estuvieran presas y dijo que las monjas se habían ido a México, a ejercer la prostitución. Después se supo que todas, madres y monjas, habían sido torturadas y arrojadas vivas al mar desde un avión. Y el Ángel Rubio fue reconocido. A pesar de la barba y de la gorra fue reconocido, cuando los diarios publicaron la foto del capitán Alfredo Astíz firmando, cabizbajo, la rendición ante los ingleses. Era el fin de la guerra de Malvinas, y él no había disparado ni un tiro. Estaba especializado en otros heroísmos.” (1)

Y ya no fuimos los mismos. . . Pero lejos de aprender de la cruenta lección, sistemáticamente tendemos a crear nuevas condiciones de dominación que nos tornan vulnerables. El infierno o el mal visten nuevos ropajes.

Y se refleja en ciertas comunidades originarias de este país que se desvanecen ante la impávida mirada de los otros.

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