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En tiempos de “exposición global” de la información el mundo vive hoy parámetros de libertad de expresión nunca alcanzados en la historia. Internet, que no es otra cosa que una herramienta de esa comunicación libre, distendida por momentos, irreverente u ofensiva en otros, ha servido para poner en blanco sobre negro la relación entre lo público y lo oculto. Como toda actividad humana la web no se encuentra exenta de delincuentes, oportunistas, mentirosos, benefactores, indignados o sabios. Y es en ese maremágnum de información donde la lucha contra la injusticia política, social o económica adquiere un escenario de privilegio.

Las redes sociales, páginas webs, blogs de opinión, por su escaso costo económico, se han transformado en la herramienta indispensable de organismos de derechos humanos, de entidades o asociaciones civiles en defensa de causas humanitarias o de particulares que trasuntan su enojo digitalmente. A lo antedicho de suman los que adhieren o repudian tales manifestaciones; pero lo concreto es que la universalización de ciertos conceptos de justicia, de igualdad y de solidaridad han inundado mentes y saberes de quienes tal vez nunca tuvieran acceso a cierto tipo de información.

El sitio wikileaks, portal de información ha sabido reunir diferentes tipos de documentación de la cual permanentemente se desprende una acto reprochable a políticos, empresarios o simples ciudadanos subordinados o relacionados a los dos primeros. El impacto de las revelaciones, con mayor o menor entidad o calidad de conceptos, ha puesto de manifiesto conductas dirigenciales evidentemente conspirativas o criminales en muchos casos.
La estrategia del perjudicado con el dato o el “soplo” al decir de Fernando Savater quien duramente ha criticado a Julián Assange (fundador del sitio en cuestión) ha sido ampararse en la privacidad de la documentación ventilada, intentar atribuirle un estamento jurídico a esa data que la pondría en un estadío de “secreto de estado” irrevelable so pena de atentar contra la seguridad institucional del país, o bien descalificar moralmente al mensajero. Tal es el nivel de conflicto internacional que provocaran las revelaciones sobre los informes comprometedores de la diplomacia estadounidense en el mundo que se ha intentado, estimo sin suerte, demonizar a Assange y a quienes repliquen la data en crisis.

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